Abi había permanecido callada desde que salieron del reino de las hadas; las palabras de Bellie se habían quedado firmemente ancladas en su mente; ¿desde cuándo estaba ella destinada a hacer grandes cosas?¿Que diablos se suponía que tenía que hacer?¿Por qué le cambiaron el nombre?¿Acaso querían ocultar algo? Su cabeza se estaba convirtiendo en un inmenso océano lleno de preguntas.
Caleb jugueteaba con uno de sus cuchillos, distraídamente; parecía que él ya se esperaba aquello; aunque Caleb parecía que jamás se sorprendida de nada. Nathan, por otra parte, seguía sin creerse las palabras de la reina, parecía tan contrariado como la chica.
Era increíble verlos, eran como el día y la noche. Si uno decía blanco, el otro diría negro. Pero ambos tenían algo especial, algo que Abi intentaba descifrar sin éxito alguno.
El único sonido que se apreciaba eran los crujidos de las botas sobre las hojas secas que hacían de alfombra al bosque.
Todos estaban ensimismados cuando un gruñido desgarrador rompió el silencio. Caleb desenvainó la gran espada que llevaba a la espalda, el sol se reflejo en su hoja haciendo brillar los numerosos gravados que la recorrían desde la empuñadura hasta la punta.
¿Cómo un objeto mortífero puede ser tan bello?-pensó Abi
El chico se puso en tensión y todos se quedaron en un silencio sepulcral, sin atreverse a respirar. Otro rugido espantó a los pájaros, que descansaban en las copas de los árboles, que huyeron batiendo sus alas tan rápido como podían.
-Quedaos aquí, -dijo Caleb mirando fijamente a la chica.
Las chispas de sus ojos volvían a saltar frenéticamente dentro de sus pupilas. Caleb siguió caminando y se adentró en un frondoso arbusto.
Abi le siguió, haciendo caso omiso a las palabras de su compañero; encontró a Caleb tumbado en el suelo boca abajo, mirando a través de las hojas; Abi le imitó.
-¿¡Qué diablos haces aquí?!-dijo en un susurró.
La chica le ignoró.
-¡Te dije que te quedases allí, con Nathan!- acto seguido el chico del pelo platino se acuclilló junto a ellos.
-¿Acaso crees que iba a hacerte caso? No soy tu perrito faldero.-el chico le lanzó una acusadora mirada.
Abi no puedo evitar soltar una leve carcajada; resultaba bastante irónico oír eso de un hombre lobo.
Caleb se abalanzó sobre ella, empujándola de lado, justo antes de que una especie de rinoceronte, de alrededor de cuatro metros de altura los aplastase.
El chico se puso en pie de un salto, apartando a la chica; Nathan comenzó a cambiar de forma, rasgando de nuevo la ropa.
Caleb corrió hacia la bestia blandiendo su gran espada; el chico arremetió contra el, pero éste giro con sorprendente rapidez y golpeó al muchacho con una de las púas que nacían en su espalda. Caleb salió disparado por los aires, pero cayó de pie con un equilibrio sorprendente.
Nathan ya saltaba sobre aquel Dolonte en su forma lobuna, parecía una estrella fugaz, su pelaje tenía un brillo platino increíble a la luz del sol.
Ambos atacaban a aquel ser continuamente, intentando matarle. El animal gruñía cada vez que Nathan le mordía o cuando Caleb lograba clavarle la espada.
Abi se fijó en la yugular del animal, un corte en ella lo mataría.
No lo hagas- la parte racional de su cerebro intentaba reprimir sus impulsivos pensamientos.
-¡Caleb, dame un cuchillo!-gritó mientras corría hacia el monstruo.
El muchacho la miró entre asustado y enfadado .
-No seas imbécil, vuelve a dónde estabas-gritó mientras le clavaba la espada e uno de los dedos de la pata, seccionándoselo.
El Dolonte emitió un grito ensordecedor y se dispuso a atacar al muchacho.
-¡Caleb!- el chico la miró preocupado.
-¡Cógelo!- gritó lanzándole uno de los numerosos cuchillos que colgaban de su cinturón. La chica corrió a cogerlo sin saber muy bien que hacía; la voz de su cabeza seguía chillándole que aquello no estaba bien, que se iba a matar, pero la fuerza que le impulsaba a pelear contra aquel ser era mucho más fuerte.
``Estás destinada a hacer grandes cosas´´
¿Y si las palabras de la reina, Bellie eran ciertas? ¿Por qué no intentarlo?
La chica corría hacia la bestia con el cuchillo en mano ante la atenta mirada de Caleb, que comenzaba a arrepentirse de haberle echo caso y darle un cuchillo.
Por un momento todo a su alrededor desapareció y solo estaba ella ante ese repugnante ser; solo quería luchar contra el y matarlo. Sus ojos se tornaron de un verde esmeraldino y sus pupilas comezaron a dilatarse.
Caleb intentaba clavarle de nuevo la espada, pero estaba más pendiente de la chica que de la bestia.Algo en él le decía que debía bajar a por la chica, cogerla y alejarla del peligro.Nunca antes había sentido esa necesidad por nadie, siempre había luchado junto a Rose o a Ventua y jamás tuvo esa sensación. Pero con Abi era distinto, tenía miedo de que le pasase algo malo, quería protegerla.
Nathan seguía intentando desgarrarle la zona del pecho, dónde debería de estar el corazón del Dolonte.
Abi se apoyó en la pata delantera del ser para saltar de una manera increíble hacia su yugular; era como si de repente fuese un pájaro, parecía que el tiempo se había detenido y que la chica se había quedado flotando en el aire. Abi pasó el cuchillo por el rugoso cuello del Dolonte, rasgándole la piel y seccionándole la yugular; la chica cayó al suelo haciendo una voltereta y volviéndose a poner en pie en apenas unos segundos. Una substancia negra la cubría de pies a cabeza, estaba caliente y resultaba bastante asquerosa al tacto; era la misma substancia que manaba del cuello del ser. Aquella especie de rinoceronte gigante lanzó un último grito haciendo que la sangre de su cuello saliese como una cascada por la herida abierta y por la boca, para más tarde caer pesadamente hacia un lado; haciendo que el suelo temblase bajo su peso.
Caleb la miró sin acabar de creerse lo que acababa de ver. Nathan se acercó a ella, todos estaban salpicados por la misma substancia negra.
-¿estás bien?-preguntó preocupado el rubio.
Abi asintió, ella tampoco estaba muy segura de cómo había saltado de aquella manera.
-Aunque no me vendría mal comer algo,me muero de hambre-había pasado la mayor parte del día funcionando a base de adrenalina y su estómago empezaba a recordarle que seguía ahí.
-Acabas de matar a tu primer Nantura y lo primero que se te ocurre decir es ``me muero de hambre´´ ¿enserio?
La chica se encogió de hombros.
Caleb soltó una sonora carcajada, a la que Abi se unió. Nathan seguía en su forma lobuna, pero enseñó los dientes haciendo un amago de una sonrisa con sus labios de lobo.
-Aunque tienes razón, deberíamos comer algo-sentenció el muchacho.
Nathan salió corriendo hacia el bosque en busca de alguna presa y Caleb se dispuso a encender una pequeña hoguera.
El humo dio paso a una pequeña llama que crepitaba entre las hojas y los pequeños palos que tenía sobre ella.
El chico echó algo más de madera para que el fuego no se extinguiese y se sentó junto a Abi.
-¿Cómo saltaste?Me refiero a... bueno, para no haber tenido nada de entrenamiento manejaste bastante bien la situación.-preguntó con curiosidad.
-Admítelo, rubiales, ha sido increíble; ambos lo sabemos- dijo la chica guiñándole un ojo.
Caleb esbozó una media sonrisa.
-Vale, no lo negaré; jamás he visto algo así, ni los novatos son capaces de hacer eso.¿Cómo lo hiciste?
-Si te digo la verdad, no tengo ni la más remota idea; fue como si de repente todos esos movimientos los hubiese practicado durante toda mi vida; resultó ser demasiado...fácil-dijo tras buscar la palabra adecuada.
-Quizás ya sabías todo eso por ser hija de un Guardián. Cuando éramos pequeños, Lord Peniston siempre nos decía que un futuro Guardián podría enfrentarse a los Dolontes sin haber tenido un entrenamiento previo. Decía que teníamos algo que nos impulsaba a la lucha, no sé como explicarlo.
La chica lo miró pensativamente.
Adoraba la forma en la que aquellos mechones de pelo le caían sobre sus ojos, haciendo que tuviese una apariencia aún más misteriosa y sexy; y sus ojos, sus electrizantes ojos... podría pasarse el día contemplándolos, intentando descifrar los dibujos que esas chispas formaban en sus pupilas.
Abi se dio cuenta de que el chico la miraba fijamente, y notó como el calor subía a sus mejillas sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo. Caleb se acercó a ella y le colocó un rizo tras la oreja con delicadeza, dejó que su mano se entretuviese con él y la fue bajando por la acalorada mejilla de la chica sin separar sus ojos de los de Abi. La chica se mordió el labio inferior, sus rostros estaban a escasos centímetros y podía notar el suave aliento del chico; notó como su corazón comenzaba a acelerarse con cada caricia que le hacía Caleb y rezó para que este no pudiese oírlo.
Esas mismas manos que clavaban la espada con decisión sobre un Dolonte, eran ahora extremadamente delicadas y suaves, como si tuviese miedo a herir a la chica.
Abi notó como se le formaba un nudo en la garganta que impedía que la saliva pasase con normalidad. El corazón parecía querer salirse de su pecho.
¿Por qué diablos la miraba así?¿Por qué se comportaba de ese modo? ¿Acaso él no era el chico que la había obligado a ir con él cuando aterrizó en Arthros? Sí, era el mismo chico, el que causó admiración, el chico de los ojos eléctricos.
Por una parte quería besarle, sentir sus labios junto a los suyos; pero por otra parte tenía miedo de la reacción del chico.
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