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viernes, 1 de noviembre de 2013

Bellie, la reina de las hadas (Capítulo 21)

Sus labios eran delicados junto a los de ella, se movían con suavidad, como si el chico tuviese miedo de lastimarla; Nathan bajó su mano hasta su cintura, pero rodeó su cuello con la mano que le quedaba libre para atraerla más hacia él., Abi lanzó una exclamación ahogada y cerró los ojos para dejarse llevar; paso sus brazos por la nuca de Nathan y entrelazó sus dedos con sus cabellos de plata. El chico separó sus labios con los suyos, dando paso a su lengua, que jugaba frenética con la suya; el beso se fue tornando cada vez más salvaje, parecía que el chico no se iba a separar de ella jamás. Abi lo apartó con suavidad para coger aire, pero él apenas le dio tiempo, porque la volvió a asfixiar con otro de sus salvajes besos.
``¡Para! ¡¿Qué haces?!´´ la voz en la mente de Nathan no paraba de chillarle, pero cuanto más le gritaba que aquello no estaba bien más ganas tenía él de seguir; el calor recorría sus venas, quemándole, tenía la sensación de que comenzaría a cambiar en cualquier instante; pero le gustaba sentir ese miedo, hacía que subiese su adrenalina.
Abi abrió los ojos y por un momento vio a Caleb y no a Nathan, la chica le empujó asustada. Nathan la miró sorprendido.
-Esto no está bien-dijo la chica.
-¿Por qué no?- preguntó Nathan acercándose a ella.
-¡Porque no!
Abi se giró, cogió sus cosas y bajó a todo correr por la escalera de mano, pasó por delante de todos los lobos sin parar a mirarles y siguió corriendo tan rápido como se lo permitía su vestido.
Su cabeza era un cúmulo de preguntas ``¿Qué he hecho? ¿Por qué?¿Quién es Meredith?´´
Nathan tardó un poco en reaccionar, pero cuando lo hizo bajó las escaleras y la siguió corriendo; comenzó a cambiar, la ropa quedó en el suelo hecha jirones, Nathan pasó de ser un chico a un lobo polar, de pelaje blanco, en apenas un minuto.


Abi chocó contra alguien y calló al suelo de espaldas.
-Pelirroja ¿qué haces?-la chica subió la vista, ante el sol, se recortaba la figura de un chico rubio con una gran espada en la espalda.
-¡Caleb!-dijo poniéndose en pie sobresaltada.-¿Qué haces aquí?-preguntó recuperando la compostura.
-¿Acaso no es obvio?-preguntó sarcástico- he venido a buscarte, al parecer dedo seguir cuidando de ti y estuvo mal dejarte sola. Sabría que te alegrarías de verme, pero no pensé que te fueras a lanzar de esa manera a mis brazos.
La chica le propinó un puñetazo en el hombro.
-Idiota-dijo.
Acto seguido un lobo blanco apareció junto a ellos. Abi reconoció al instante a su amigo.
Las miradas del Guardián y del lobo se cruzaron, y en los ojos de Caleb comenzaron a saltar esas chispas que hipnotizaban a la chica; pero la mano del chico en la empuñadura de la espada no le daba muy buenas vibraciones a Abi. Nathan le sostuvo su mirada de lobo, desafiante.
-Fuera de aquí, chucho.-dijo Caleb.
Nathan sonrió mostrando sus afilados colmillos.
-Tranquilo,-dijo Abi- es Nathan.
Caleb la miró sorprendido.
-¿Le conoces?- la chica asintió.
Esto es increíble, te dejo sola cinco minutos y te haces amiga de un lobo, ¿en qué piensas?-la chica le dedicó una mirada de odio.
-Ni que te importase mucho lo que me pueda pasar.
-¿cómo?- el chico clavó su eléctrica mirada en la suya.
-Sí, está muy bien abandonar a alguien en el bosque.
Nathan, viendo que aquella discusión podría hacerse más larga, se sentó y estiró las orejas para prestarles atención.
-No soy yo la que se para cada cinco minutos para descansar, ¿sabes? No he venido hasta aquí para escucharte decir tonterías de niña pequeña.
-Nadie te mandó venir, puedo cuidarme sola, no soy ninguna cría.-contestó acusadoramente.
-Por Dios, deja de comportarte como una niña malcriada. No sabes lo preocupado que está tu padre.
-¿Tú sabes quién es Meredith Grunklee?
El chico la miró extrañado.
-¿Qué tiene eso que ver?-Dijo aún más enfadado.
-Pues que al parecer mi padre tiene una hija de la que nadie sabe nada.
-Yo jamás he oído ese nombre, pero podríamos averiguar si esa tal Meredith es tu hermana.
El lobo soltó un gemido.
-Sí, vamos a hacerle una visita a las hadas-Nathan se levantó de mala gana.

El reino de las hadas era realmente increíble, parecía que en sí, era otro mundo dentro de Arthros; todo allí inspiraba paz y el aire estaba inundado por delicados aromas de las diminutas flores que se extendían por todo el valle.
Un inmenso árbol ocupaba todo el círculo de la Luna; un dibujo en el suelo con forma de luna llena que estaba ahí desde que las hadas existían; le había explicado Caleb.
No era un árbol cualquiera, sus ramas se extendían hacia el cielo, formando una inmensa copa que la vista no podía abarcar. De las hojas caía un polvo blanquecino realmente brillante.Era como una cortina inmaterial que caía siempre, sin llegar a agotarse. en el tronco del roble había unas escaleras perfectamente talladas que conducían al interior de la copa.
Caleb empujó levemente a su compañera para que subiese; esta se giró con una acusadora mirada y el muchacho asintió afirmativamente, indicándole el camino. Los chicos subieron escoltados por los pequeños duendes que les habían acompañada desde su llegada al reino de las hadas.
La enorme dopa del árbol era aún más impresionante desde dentro. Las hojas dejaban entrar tímidos rayos de luz, y de las ramas colgaban delicadas guirnaldas de flores entrelazadas. El suelo de la sala estaba hecho de la propia madera del árbol y alrededor de él había una especia de gradas llenas de hadas que debatían algo sobre polvo mágico. Cuando repararon en la presencia de los muchachos comenzaron a cuchichear entre ellos dedicándoles miradas desconfiadas.
Dos tronos, uno hecho con robustas y elegantes ramas, y otro revestido de pequeñas flores; ocupaban la zona más alejada de la entrada. De pie, junto a ambos tronos, la figura de una hermosa mujer se erguía ante ellos.
Abi jamás había visto nada igual. Era una mujer joven, aparentaba unos veinticinco años; su pelo dorado caía hasta el suelo en una cascada de reflejos solares, perfectamente peinada, en los cuales se entrelazaban pequeñas flores blancas. Sobre su cabeza portaba una sencilla corona que formaba un triángulo invertido sobre su frente, en la que brillaba un pequeño diamante. De su espalda salían dos alas idénticas en forma de medias lunas, por las que se extendían pequeñas ramificaciones; en el extremo superior de cada ala colgaba una diminuta campanilla que emitía destellos plateados y un suave y melodioso tintineo con cada movimiento de la mujer.
-Bienvenidos seáis a mi humilde reino- su voz sonaba como el trino de un delicado pájaro y como el rumor de un riachuelo. Todo en ella inspiraba paz y tranquilidad.
Caleb se arrodilló ante ella e inclinó la cabeza hacia adelante, en un acto de cortesía y respecto hacia la reina. Abi y Nathan le imitaron.
-Majestad, es un honor estar ante vuestra persona,-la voz de Caleb sonó firme y segura; haciendo eco en toda la estancia.
La mujer esbozó una delicada sonrisa, adulada por las palabras de el chico; pero acto seguido recuperó la compostura mostrando su semblante serio.
-Supongo que no habéis venido a visitarme para charlar. He oído que necesitáis mi ayuda; pero será mejor que toméis asiento; estaremos más cómodos y disfrutaremos de la privacidad de la Corte-dijo señalando unos cojines con motivos florales esparcidos por el suelo.
Justo después de que la reina formulase esas palabras las hadas comenzaron a abandonar la sala en un silencio sepulcral. Por unos escasos minutos la sala se inundó de un leve batir de las membranosas alas de las hadas.
En apenas dos minutos la sala quedó totalmente vacía, dejando a la reina y a sus invitados solos. Los muchachos tomaron asiento y Nathan se tumbó en el suelo; unos segundos después dos pequeños duendes depositaron ante los invitados una bandeja con pequeñas galletas y unas copas con una bebida de un extraño color púrpura.
La reina miró a Nathan, que seguía en su forma de lobo.
-Supongo que necesitarás algo de ropa si quieres cambiar de forma ¿no?- El lobo hizo un leve asentimiento y los duendes lo condujeron a una sala contigua.
-Bueno, contadme pues, el motivo de vuestra visita-dijo sentándose en el trono de las flores. La mujer colocó su vestido a su alrededor formando una cascada blanca. El hada apoyó su codo sobre el posabrazos para sujetar su cabeza con la mano; sus ojos se clavaron en los de los chicos.
Abi se quedó himnotizada con ellos, a simple vista eran de un color azul oscuro, pero el iris tenía una pequeña parte violácea que rodeaba el otro color.
-Hemos oído que en la familia de los Grunklee hubo una niña, Meredith; esperábamos que usted nos dijese quién es ella- dijo Caleb sacando a Abi de su ensimismamiento. La reina esbozó una sonrisa que mostró sus dientes perfectamente alineados y del color de la nieve.
Acto seguido Nathan entró en su forma de humana vistiendo con la colorida ropa de las hadas; el chico tomó asiento junto a Abi sin decir palabra.
-Meredith, sí, recuerdo a esa niña; jamás hubo un bebé en este mundo con esos ojos; deberíais haberla visto, esa niña está destinada a hacer grandes cosas.
-Entonces... ¿es verdad?... ¿tengo una hermana?-Preguntó Abi.
-Yo no dije tal cosa- contestó la reina con una delicada sonrisa- ¿no te das cuenta?-La chica miró a Caleb desconcertada, pero este tan solo se encogió de hombros.
-Disculpe mi intromisión; pero me temo que ninguno de nosotros entiende lo que nos está diciendo-Nathan no apartó la vista de los ojos de la reina cuando sus compañeros le miraron.
-Que ingenuos sois...Meredith desapareció cuando tan solo era un bebé, pero ha vuelto; ella es una Grunklee; una de las familias de Guardianes; y aunque ella piense que ha llegado a Arthros por una extraña casualidad, no es así; la hora se acerca y es el deber de cualquier Guardián defender nuestro mundo- la mujer hablaba en un tono solemne sin apartar la vista de ellos.
-Pero ¿que tengo yo que ver en todo esto?-Preguntó contrariada- Majestad-añadió al ver la reprochadora mirada de Caleb.
-Pequeña,¿no te das cuenta de que tú eres Meredith? Es tu destino salvar Arthros.